domingo, 27 de septiembre de 2009

El lobo y la luna.

Hace un tiempo me apeteció interesarme por un animal al que Felix Rodriguez de la Fuente le tenía un especial aprecio: el lobo. No en vano, esté gran amante de la naturaleza salvó a dos cachorros de lobo de morir en unas fiestas populares en las que mataban a estos animales. Se los llevó consigo y los crió logrando convertirse en el lobo dominante o macho alfa de la manada. Con esto fue uno de los primeros seres humanos que logró estudiar las costumbres de estos animales. Logró además que el lobo obtuviese el estatus de especie protegida en una España en la que a estos animales se los consideraba alimañas y que el gobierno premiaba su exterminio. Felix, que jamas preparaba guiones para sus programas, sino que improvisaba las narraciones, termina uno de sus documentales con una frase en concreto que reproduciré aquí: "para que en las noches españolas no dejen de escucharse los hermosos aullidos del lobo". Los aullidos de los lobos tienen una cualidad melódica hermosa que transmite cierta melancolía y tristeza. La imagen de un lobo aullando a la luna es una bella imagen que siempre me ha fascinado y por ello el cuento que os voy a presentar hoy podría tener el subtitulo "¿Por qué aúlla el lobo a la luna?".

Sin embargo antes de empezar con el relato de este cuento, he de decir que esta vez me he divertido especialmente escribiéndolo, porque he contado con la ayuda de mi prima Lou, una personita especial que brilla con luz propia. Este relato es más tuyo que mio Lou, y por eso te lo dedico con todo mi cariño, para que sigas brillando con esa luz tan especial. Aquí está:

Cuenta una antigua leyenda india que dos jóvenes de tribus enemigas, Iatuk y Liona, consiguieron amarse a pesar de la rivalidad entre sus congéneres.
Aunque sabían que su amor nunca sería aceptado por sus familias ellos continuaron viéndose en secreto durante un tiempo, siempre todas las noches que había luna llena.
Una de estas noches en que los dos amantes se reunían, Iatuk le dijo a Liona “amor mío, ya no puedo soportarlo más, debemos escapar de este odio entre nuestras tribus”.
- “Estoy de acuerdo –dijo ella- aunque sabes que es muy peligroso, nos perseguirán allá donde vayamos”
- “Lo sé, nuestros padres nunca lo aceptarán, pero debemos intentarlo –respondió Iautuk- La próxima luna llena reúnete conmigo en este mismo lugar y huiremos.”
Iban pasando los días y Liona y Iautuk no dejaban de pensar el uno en el otro e imaginaban el día que finalmente estarían juntos, lejos de aquella guerra sin sentido entre las dos tribus, sin nadie que vetara su amor.
Entre tanto Katsar, un chico de la tribu de Liona que estaba enamorado de ella, empezó a sospechar que algo pasaba. Cada noche la seguía a escondidas hasta unas rocas que había más allá de su poblado, donde ella pensaba y miraba la luna mientras seguía soñando con ver a su querido Iautuk.
Y, por fin, llegó el ansiado momento, el día en que por fin se reunirían dejando atrás todo, una vida bonita, pero incompatible con su felicidad, necesitaban estar juntos y allí nunca lo conseguirían.
Ese día Liona estaba dispersa, feliz a la vez que nostálgica. Dedico todo el día a su familia y a los niños y ancianos del poblado, pues sabía que no los volvería a ver. Katsar la observaba muy de cerca, sin que ella se diese cuenta e intentaba averiguar qué escondía, en qué estaría pensando…
Por otra parte, Iautuk estaba feliz, deseoso de que llegara la luna llena y de ver a su amada reflejada por ella, pensaba en sus ojos, en sus largas trenzas negro azabache, imaginaba que sus manos le acariciaban… y empezó la puesta de sol.
Ese día fue más lindo que ningún otro, sus colores eran intensos, su movimiento suave y tan lento que parecía que el astro rey estuviese regalándoles sus últimos rayos de luz en señal de bendición, estos serían sus últimos momentos separados.
Liona fue a su cabaña, quería verla por última vez. Todos dormían. Entró a la habitación de sus padres y les vio dormir, abrazados y pensó que eso era lo que ella quería, por eso tenia que marcharse. Se acerco a la habitación de su hermana pequeña y la arropó dándole un beso de despedida “te quiero, pequeña” le susurró al oído mientras sus ojos se inundaban. Aún no se había marchado y ya empezaba a extrañarla, pero tenia que ser fuerte así que salió y emprendió la gran aventura de su vida.

Katsar que había estado atento a los movimientos de Liona durante el día, esa noche no podía conciliar el sueño. Sabía que Liona estaba tramando algo, por lo que decidió seguirla una vez más. Sigilosamente salió de su cabaña y se encaminó al claro de rocas en donde Liona solía ir cada noche, sin embargo no la encontró allí. Katsar sorprendido, volvió rápidamente al poblado y cual fue su sorpresa cuando a lo lejos vio a Liona tomar el camino que la adentraba en el bosque. Inmediatamente entró en su choza y cogió su arco y su carcaj y comprobó con fastidio que estaba vacío. Dejando el carcaj y el arco, salió de la choza dispuestó a seguir a Liona, pero al pasar junto a la hoguera del poblado vio una flecha clavada en la tierra en donde habían dibujado unos símbolos de guerra. Se acerco a ella y la cogió. La flecha era negra y la punta de un metal brillante poseía unos extraños símbolos que no conocía - “Seguramente me traerá suerte” – pensó. Cogió el arco y se adentró en el bosque detrás de Liona.

Mientras esa misma noche en el poblado de Iautuk, el joven se preparaba para ir a su encuentro. Llevaba consigo poco equipaje, principalmente agua y algo de comida seca para ambos que utilizarían en caso emergencia. Aunque no creía que llegaran a tales extremos, pues la caza abundaba por todo el valle y ambos eran diestros manejando arcos y preparando trampas.

Iautuk, sigiloso se movió entre las sombras de la noche aprovechando chozas y arbustos, cuidando de no ser visto por los centinelas que vigilaban la noche ni de dejar un rastro que luego pudiesen seguir. Casi lo había conseguido, dejando atrás el poblado y llegando a la linde del bosque que le llevaría hacia el encuentro con su amada. Sin embargo al adentrarse en el mismo vió que no estaba sólo. Enfrente suya se encontraba su maestro Iowolf, el chaman de la tribu, un anciano de largo pelo blanco que pese a su aparente debilidad poseía unos extraños poderes. Se decía que era capaz de hablar con los espíritus para obtener presagios del futuro e incluso se rumoreaba que durante las semanas de luna llena en que Iowolf desaparecía del poblado este cambiaba de forma y un gran lobo blanco aparecía en las montañas merodeando, vigilando, cazando... Nadie, ni siquiera Iautuk que era su aprendiz, sabía si estos rumores eran ciertos, aunque bajo su tutela había visto cosas extrañas y asombrosas. Dando un paso al frente, Iowolf, encaró al muchacho:

Iautuk, sé que te vas y también sé el motivo por el que te vas. Sin embargo he de revelarte lo que los espíritus del bosque me dicen, mi aprendiz. Si emprendes este viaje una maldición caera sobre vosotros. El odio anida en el corazón de los hombres y os perseguirá.

- Lo sabemos, maestro, pero pretendemos ir lejos donde ningún odio nos alcance. Nos amamos y las disputas entre nuestras tribus nos son ajenas y sin sentido. Quizás en un futuro ambas puedan entender nuestros motivos y podamos volver en paz.

- ¡Ah, cachorro! - alzando las manos Iowolf las puso sobre los hombros de Iautuk. La anciana cara expresaba cansancio y nostalgia y lo miró con unos ojos en cuyas profundidades se evocaban lejanos recuerdos - Yo también fui joven una vez y conozco los caminos del corazón, pero deberías atender esta advertencia. Algo peor que la muerte podría ocurrirle a Liona...

La expresión de Iautuk cambió. Conocía a su maestro y sabía que jamás hacía una predicción a la ligera y nunca había errado en ellas. Una sensación de pánico invadió su mente, su mirada se endureció y acudiendose bruscamente a Iowolf de encima le grito:

- ¡Si Liona está en peligro debo ir a su encuentro! ¡Nunca permitiré que le pase nada!

Iautuk comenzó a correr con un paso frenético. Perdiéndose de la vista de Iowolf, se introdujo en el bosque dirigiendose hacia donde lo esperaba su amada. Negros pensamientos espoleaban su mente mientras él se decía “¡Deprisa! ¡Corre!”. Iowolf, quedó sólo en el claro. Mantenía su expresión triste y en aquellos instantes se sentía como un simple anciano, demasiado viejo, demasiado cansado, no el chaman de grandes poderes que todos rumoreaban que era. Paseando su vista por las estrellas del firmamento contempló la luna llena y con suavidad, en un susurro lleno de tristeza, dijo:

- Los espíritus han hablado.

Liona, andaba sigilosamente entre árboles y arbustos, con mucho afán, desesperada por ver a Iautuk. A pocos metros del lugar donde se reunían escuchó algo; alguien la seguía.
¿Hola?, ¿hay alguien aquí? –dijo Liona-
No hubo respuesta. Siguió andando desconfiada. De repente ¡zas! Alguien se abalanzo sobre ella. Liona daba patadas, arañaba, se defendía como podía…
- Tranquila, tranquila. Soy yo –dijo Iautuk-
- Pero… serás…. ¡me has dado un susto de muerte! ¡Qué ganas tenia de verte!
- Y yo a ti amor mío.
Los dos se fundieron en un apasionado e interminable beso. Ninguno se había dado cuenta de que Katsar les estaba observando, estaba agachado detrás de unos matorrales, ciego de ira al ver que su querida Liona era feliz con otro hombre y, lo que era peor aún, de un hombre de la tribu enemiga. Sacando su arco y ajustando en él su única flecha se levantó, Iautuk y Liona lo miraron sorprendidos, asustados, mientras Katsar levantaba el arco apuntando a Iautuk y repetía: “no puede ser, no lo consentiré, vas a morir, vas a morir”. Todo sucedió muy rápido, Iautuk empujó a un lado a Liona, pero está se agarró del brazo de Iautuk y se abrazó a su cuello interponiéndose en el camino de la flecha justo en el momento en que Katsar descargaba su arco.
Iautuk, arrodillado al lado de su amor, abrazándola, veía como poco a poco la luz de sus ojos se desvanecía,

- ¿Por qué? ¡iba a ser perfecto!, era nuestra vida… no tenia derecho… esa flecha debía estar clavada en mi corazón, no en el tuyo. ¿Qué voy a hacer sin ti?

Katsar se quedó en el sitio sin moverse contemplando la escena petrificado por lo que había hecho. Iautuk convulsionado por el llanto continuaba abrazando el cuerpo inerte de Liona. La sangre manaba de la herida en la espalda tiñendo las manos y brazos que la sostenían. Una rabia incontenible explotó en el interior de Iautuk y un velo rojo como la sangre de su amada fue cubriendo su consciencia. Un único deseo se apoderó de su mente. Ciego de ira se lanzó contra Katsar que aún no lograba reaccionar y lo derribó al suelo enzarzándose ambos en una lucha frenética. Katsar intentaba llegar al cuchillo que llevaba en el cinturón, pero tenía que emplear las manos para protegerse de los salvajes golpes que le propinaba Iautuk con los puños. Katsar logró interponer una rodilla entre el cuerpo de Iautuk y el suyo y utilizó la pierna libre para propinar un golpe en la cabeza a Iautuk, que momentáneamente aturdido cayó hacia un lado. Katsar aprovechó el instante para coger el cuchillo y lanzarse sobre Iautuk. Iautuk se recobró del golpe y se dió la vuelta justo en el instante en que Katsar caía sobre él. Al chocar, Katsar logró clavar el cuchillo en un costado de Iautuk, pero este no sentía el dolor, sólo era consciente de un pensamiento que ardía en su cerebro, simple, pura y ciegamente: matar. Cogió la cabeza de Katsar con las dos manos y la inclinó hacia atrás dejando el cuello al descubierto justo a la altura de su boca. Con una saña brutal clavó varias veces los dientes en la garganta de Katsar destrozándola. El grito de Katsar no duró demasiado, mientras caía hacia atrás, Iautuk, sintió el sabor de la sangre de su enemigo y eso fue como un bálsamo para la rabia que sentía que fue desvaneciéndose, eliminando el velo carmesí de sus ojos. Iautuk quedó vacío de todo sentimiento y pensamiento por un instante y desorientado miro en derredor. El cuerpo de Katsar yacía boca arriba y de su garganta manaba la sangre a borbotones. Su expresión era de terror y sus ojos vacios de toda vida miraban al cielo sin ver. Iautuk no lograba comprender lo que había ocurrido. Sentía un dolor lacerante en un costado y vio como la sangre le corría a través de un profundo tajo. Continuó paseando la mirada y vio a su amada en el suelo ensangrentado por su propia sangre y entonces recordó. Recordó a Katsar, la flecha y como ella se había interpuesto entre ambos. Y recordó como la furia lo había dominado y lo que había hecho. Se dirigió hacia Liona y se sentó junto a ella rodeandola entre sus brazos. La luna hasta ahora oculta por una nube apareció e iluminó el claro del bosque en donde se había producido la tragedia. Ante él apareció Iowolf que contemplaba la escena con pesar.

- Iautuk, – dijo – la maldición ha caído sobre vosotros. Tú has sucumbido a la furia de la bestia y has probado la sangre humana, cada día de luna llena como hoy te convertirás en lobo y no podrás dejar de sentir esa furia y esa necesidad de matar.
- ¡No! – dijo Iautuk sollozando y sosteniendo a Liona entre sus brazos - sólo queríamos ser felices, esto no debería de haber pasado, ¡no debería haber pasado!
- Iautuk, no se puede dar marcha atrás. Lo que ha sucedido así debe quedar. Sin embargo puedo ayudarte a controlarlo.
- ¡Yo no quiero esa vida! - dijo a Iowolf - ¡No quiero esta vida – gritó mirando a Liona – ¡Antes que eso moriré y pasaré el resto de la eternidad con mi amada Liona en las eternas praderas en donde nuestro amor vivirá siempre!

Iowolf bajó la mirada y cerrando sus ancianos ojos dijo:

– Lo siento Iautuk, para ella no habrá eternidad, la flecha que le segó la vida es una flecha especial. Es una flecha destinada para matar a cambiantes como tú, destrozando el cuerpo, liberando el alma animal y atando el alma humana al cuerpo y la tierra, de forma que su cuerpo es ahora una prisión para ella. Todavía, mientras haya luna llena puedo hacer algo, pero tendrás que pagar un alto precio para liberarla, Iautuk.

- ¡Por favor Iowolf haré lo que sea! ¡Ella no merece ese destino! ¡Pagaré lo que sea!

Iowolf levanto la cabeza, y mirando a Iautuk directamente a los ojos, dijo – Puedo liberarla, pero tu cambiarás y tú alma humana vagará como un lobo para siempre.

Iautuk con la expresión del rostro sombría dijo:

– Si ese es mi destino, si ese es el precio que tengo que pagar por mi amada, lo acepto encantado. ¡Hazlo!

Todos los rasgos del chaman cambiaron en aquel instante. El anciano, pareció crecer, hacerse más fornido, y moviéndose a una velocidad increíble se acercó a Iautuk que sostenía el cuerpo de Liona y le arrancó la flecha. Con ella en la mano la alzó por encima de la cabeza mientras iniciaba una letanía destinada a invocar a los espíritus. Formas de animales se crearon en el aire alrededor de la flecha y del cuerpo de Liona. Tras unos instantes el ritmo de las palabras del chamán se aceleró y las formas comenzaron a cerrarse sobre ambas. La letanía cesó y un destello fantasmal unía la flecha y el cuerpo. Con un rápido movimiento descendente el chamán clavó profundamente la flecha en el corazón a Iatuk que inmediatamente cayó. Ahora, los cuerpos de ambos amantes yacían juntos. Unidos por un lazo fantasmal algo de la fuerza vital de Iautuk pasó al cuerpo de Liona, que por un instante abrió los ojos y durante ese breve instante, lo que dura un suspiro, los dos enamorados pudieron encontrarse por última vez:

- Liona, amor mío, lo siento, no debería haber pasado así, no debería haber sucedido esto.

- Mi vida Iautuk, no estés triste, no estaremos separados. Cada vez que haya luna llena nos volveremos a encontrar, siempre estaré ahí para ti. Solo ella es y será testigo de nuestro amor. Cuando quieras verme, cuando te acuerdes de mi, solo tienes que mirar al cielo, allí estaré yo, esperándote en nuestro pequeño paraíso. Adios Amor mio.

Y sus ojos se apagaron, dejó de respirar y el espíritu de Liona partió y la luna brilló con una luz especial. Iautuk se quedó a su lado, recordando el último beso, el último abrazo, viendo como su vida perfecta se la había llevado un simple trozo de metal. Nunca pensaron que eso pudiera pasar, creían que lo suyo seria eterno, que nadie lo podría destruir y Iautuk se maldijo, se sintió culpable, por todo lo sucedido hasta que una suave y delicada brisa le recordó las últimas palabras de Liona “no estés triste, solo tienes que mirar al cielo”. El cuerpo de Iautuk comenzó a cambiar, a encogerse. Le creció pelo por todo el cuerpo y su cabeza se transformo en una cabeza de lobo, sus brazos, piernas, manos y pies en patas y garras, hasta que al final no quedó nada de lo que había sido Iautuk y un gran lobo gris ocupó su lugar.

En ese instante Iowolf sacó la flecha del cuerpo del lobo y este se levantó, por un instante chaman y lobo se miraron. Iowolf volvía a ser el mismo anciano de siempre y Iautuk el lobo se volvió hacia el bosque y se perdíó a la carrera entre los arboles.

Desde entonces, en cada luna llena, un lobo aúlla a su “pequeño paraíso” esperando volverlo a encontrar.

2 comentarios:

ɐuɐ dijo...

este post es demasiado largo... lo he dejado de leer a la mitad por dos motivos: es la hora de la siesta, y en el curro no me da tiempo a leer tanto :) para cuándo la edicion de bolsillo?

Unknown dijo...

Es lo que hay.