domingo, 24 de mayo de 2015
domingo, 30 de junio de 2013
Arrepentido.
Bueno, hace ya tiempo que no escribía y supongo que domingo + calor del verano es una época propicia para tener algo de inspiración. Eso y contar con la magnifica ayuda de Inmaculada Alanzor Balderas que gentilmente ha querido colaborar en la realización de esta historia han dejado este producto curioso de aquí abajo. Sin más preámbulo os dejo con él. Espero que lo disfrutéis :).
Es un día radiante y caluroso en que luce el sol y un cielo azul sin nubes copa toda la vista en la bóveda celeste. Hoy las puertas del castillo se han abierto para permitir el acceso a la plebe y en el patio interior, en lo que parece un ambiente casi festivo, se ha congregado una multitud. Muchos hombres asisten al acto, algunos con sus familias traen a sus hijos al evento e incluso algunos tenderos, como si de un día de mercado se tratase, abren sus puestos.
Alfons, como siempre, se encuentra de pie sobre la tarima. Está sudando debido al calor y sus manos descansan apoyadas sobre su herramienta de trabajo. En estas ocasiones, él se limita a esperar a que llegue su momento, pero hoy sin un motivo en particular observa a la multitud y su mirada recorre todas las caras y expresiones allí presentes, hasta que se detiene en un punto concreto, en una pequeña puerta del castillo.
"Podría ser yo el que está aquí, con la cabeza en el tajo y algunas veces sé que no me importaría. Pero este es mi trabajo, aplicar el justo castigo a quienes violan la ley, o al menos esa es la teoría que me explicaron y durante mucho tiempo estuve convencido de que el verdugo nunca tiene que pensar sobre las penas impuestas, solo ejecutarlas: ¿por qué un simple verdugo, el último eslabón de la cadena de la ley, debería preguntarse por el sentido de todo esto? Además es una cosa de leyes y todas las leyes están escritas en unos legajos muy grandes y serios que hombres sabios, reyes y nobles dictaron a doctos escribas allá en las torres del castillo, nada que un sencillo verdugo, un plebeyo como cualquiera de los que hoy se congregan aquí, pueda siquiera soñar con entender."
La puerta se abre y por ella aparecen dos guardias vestidos de negro y con sendas picas escoltando, casi arrastrando más bien, a una mujer que viste un sucio camisón blanco. Detrás de la mujer aparecen el juez y un escriba que certificará el carácter oficial del acto. Alfons, tras su capucha de verdugo los mira y asiente: es lo habitual, el ritual que siempre se sigue. Sin poder evitarlo se fija en la mujer: es una mujer que no conoce como suele ser habitual. No sabría decir si es joven o vieja, pues tiene el rostro sucio y parcialmente cubierto por su pelo negro que en algunos puntos se torna apelmazado y rojo por la sangre. Los ojos de ella miran en todas direcciones desencajados, y en un momento se fijan en una figura alta y encapuchada sobre un cadalso que descansa sus manos en el mango de una gran hacha. Sus miradas se cruzan y Alfons puede sentir su miedo.
"Miedo a mí, sin ser yo el culpable, yo no dicté las normas, sólo las acato. Gracias a esa obediencia mi familia tiene para comer y mis hijos tendrán la oportunidad de criarse en el bien, de ocupar mi lugar en un futuro y no el de ella."
En el fatídico paseo que antecede al final la muchedumbre la increpa. Algunos gritan "¡Bruja, bruja!" otros callan y evitan mirarla, otros lanzan verduras podridas que vuelan en su dirección, pero ella parece no darse cuenta, sólo puede mirar a la figura amenazante y cruel de su verdugo, más cercana a cada paso.
"Bruja dicen. Las brujas no son buenas, todo el mundo sabe que hacen pactos con el diablo y pueden traer la enfermedad..."
Ya ha llegado al cadalso, sus pies se niegan a subir unas escaleras que la conducen al final. Ahora Alfons puede verle la cara, sus lágrimas ruedan por unas mejillas mezcladas con el polvo y la sal de muchas otras. En sus muñecas y tobillos puede ver las marcas de los instrumentos del torturador. Ella no aparta la vista del verdugo que, como una negra parca le anuncia que su momento final está presto.
"Tortura. Parece que antes la hicieron confesar..." - Alfons conoce muy bien al torturador. Él mismo pasó por sus manos y sabe lo que es capaz de hacer. Lo sabe muy bien, como atestiguan las marcas en su espalda. También sabe lo que él fue capaz de confesar para librarse de eso - "Bueno, bruja o no es la ley y yo su brazo ejecutor, pero... ¿Y si se han equivocado? ¿Y si es inocente? … ¡No! ¡No puedo hacerme estas preguntas! Debo concentrarme en lo que tengo que hacer y dejarme de herejías."
El noble que preside el acto mira a Alfons y asiente con la cabeza. Es la señal convenida, se hace un silencio pesado, espectante y por un momento el mundo se detiene: la imagen de Alfons el verdugo, el terrible ejecutor de leyes, testaferro de la autoridad queda congelada, hacha en ristre sobre la chica condenada por brujería. Todos lo miran extrañados.
"No es justo. No tengo por qué hacerlo. No voy a hacerlo." - y por primera vez la voz del verdugo se escuchó en el cadalso. Y se dirigió a la mujer.
- Mujer, ahora entiendo que estaba equivocado, cuando te condenaron fuiste tú la que eligió vivir. - Alfons, en silencio ahora, cerro los ojos y retorciendo el mango del hacha elevada sobre su cabeza, gritó el primer grito de libertad escuchado en mucho tiempo en una tierra de señores y vasallos- ¡AHORA YO DECIDO VIVIR!
Con toda la fuerza de sus brazos, Alfons descarga el hacha en un movimiento diagonal sobre el cuello del sacerdote cuyo cuerpo decapitado cae como un muñeco inerte sobre la multitud que grita enloquecida y aterrorizada. La expresión de desconcierto y terror todavía crispaban la cara del sacerdote cuando su cabeza por una macabra broma del destinó acierta a entrar en el canastillo preparado para recoger la cabeza de la mujer. Los guardias sorprendidos en este primer momento, al fin atinan a reaccionar y soltando a la mujer sacan sus espadas y atacan a Alfons. Poco pudo hacer ante este ataque. Alcanzado en el estómago y el pecho, atravesado por los aceros de los guardias Alfons grita y cae derrotado y moribundo junto a la mujer. Ella mira a la figura caída de su antiguo ejecutor, el odiado verdugo, mientras su sangre roja y oscura mana a rítmicos borbotones de las mortales heridas cubriendo el cadalso con un manto espeso.
La mujer acerca su mano a la cabeza de Alfons y le retira la capucha descubriendo su rostro. Ella gentilmente le sostiene la cabeza y lo mira a los ojos, reconociendo en ellos al hombre, no al verdugo. Alfons con la mirada vidriosa de la muerte instalada en sus pupilas, entre estertores dice:
- Todo ha sido en vano. Los dos decidimos vivir y al elegir, la muerte nos ha dado caza.
La mujer, entre lágrimas y sin apartar sus ojos de los de Alfons, se acerca a él y le susurra:
- Hoy lloraran padres e hijos sin entender lo que ha pasado aquí arriba, pero algún día todos romperán los grilletes que los atan a sus señores y se alzarán decidiendo vivir, y encontrando VIDA.
Es un día radiante y caluroso en que luce el sol y un cielo azul sin nubes copa toda la vista en la bóveda celeste. Hoy las puertas del castillo se han abierto para permitir el acceso a la plebe y en el patio interior, en lo que parece un ambiente casi festivo, se ha congregado una multitud. Muchos hombres asisten al acto, algunos con sus familias traen a sus hijos al evento e incluso algunos tenderos, como si de un día de mercado se tratase, abren sus puestos.
Alfons, como siempre, se encuentra de pie sobre la tarima. Está sudando debido al calor y sus manos descansan apoyadas sobre su herramienta de trabajo. En estas ocasiones, él se limita a esperar a que llegue su momento, pero hoy sin un motivo en particular observa a la multitud y su mirada recorre todas las caras y expresiones allí presentes, hasta que se detiene en un punto concreto, en una pequeña puerta del castillo.
"Podría ser yo el que está aquí, con la cabeza en el tajo y algunas veces sé que no me importaría. Pero este es mi trabajo, aplicar el justo castigo a quienes violan la ley, o al menos esa es la teoría que me explicaron y durante mucho tiempo estuve convencido de que el verdugo nunca tiene que pensar sobre las penas impuestas, solo ejecutarlas: ¿por qué un simple verdugo, el último eslabón de la cadena de la ley, debería preguntarse por el sentido de todo esto? Además es una cosa de leyes y todas las leyes están escritas en unos legajos muy grandes y serios que hombres sabios, reyes y nobles dictaron a doctos escribas allá en las torres del castillo, nada que un sencillo verdugo, un plebeyo como cualquiera de los que hoy se congregan aquí, pueda siquiera soñar con entender."
La puerta se abre y por ella aparecen dos guardias vestidos de negro y con sendas picas escoltando, casi arrastrando más bien, a una mujer que viste un sucio camisón blanco. Detrás de la mujer aparecen el juez y un escriba que certificará el carácter oficial del acto. Alfons, tras su capucha de verdugo los mira y asiente: es lo habitual, el ritual que siempre se sigue. Sin poder evitarlo se fija en la mujer: es una mujer que no conoce como suele ser habitual. No sabría decir si es joven o vieja, pues tiene el rostro sucio y parcialmente cubierto por su pelo negro que en algunos puntos se torna apelmazado y rojo por la sangre. Los ojos de ella miran en todas direcciones desencajados, y en un momento se fijan en una figura alta y encapuchada sobre un cadalso que descansa sus manos en el mango de una gran hacha. Sus miradas se cruzan y Alfons puede sentir su miedo.
"Miedo a mí, sin ser yo el culpable, yo no dicté las normas, sólo las acato. Gracias a esa obediencia mi familia tiene para comer y mis hijos tendrán la oportunidad de criarse en el bien, de ocupar mi lugar en un futuro y no el de ella."
En el fatídico paseo que antecede al final la muchedumbre la increpa. Algunos gritan "¡Bruja, bruja!" otros callan y evitan mirarla, otros lanzan verduras podridas que vuelan en su dirección, pero ella parece no darse cuenta, sólo puede mirar a la figura amenazante y cruel de su verdugo, más cercana a cada paso.
"Bruja dicen. Las brujas no son buenas, todo el mundo sabe que hacen pactos con el diablo y pueden traer la enfermedad..."
Ya ha llegado al cadalso, sus pies se niegan a subir unas escaleras que la conducen al final. Ahora Alfons puede verle la cara, sus lágrimas ruedan por unas mejillas mezcladas con el polvo y la sal de muchas otras. En sus muñecas y tobillos puede ver las marcas de los instrumentos del torturador. Ella no aparta la vista del verdugo que, como una negra parca le anuncia que su momento final está presto.
"Tortura. Parece que antes la hicieron confesar..." - Alfons conoce muy bien al torturador. Él mismo pasó por sus manos y sabe lo que es capaz de hacer. Lo sabe muy bien, como atestiguan las marcas en su espalda. También sabe lo que él fue capaz de confesar para librarse de eso - "Bueno, bruja o no es la ley y yo su brazo ejecutor, pero... ¿Y si se han equivocado? ¿Y si es inocente? … ¡No! ¡No puedo hacerme estas preguntas! Debo concentrarme en lo que tengo que hacer y dejarme de herejías."
Llegó el fatídico momento, la mujer es subida a rastras por los
alguaciles al cadalso y el juez y sacerdote comienza la lectura de los
cargos. Es el procedimiento habitual, pero Alfons, por una vez escucha
con atención: ‘La acusada ha confesado haber pactado con el diablo para
su beneficio, muestra de ello es la predilección del uso de la mano
siniestra y los lunares por donde la Bestia chupaba su néctar. Así mismo
se la acusa de la muerte de dos reses, de la enfermedad y muerte de su
respetable vecino, de…’ la voz de párroco sigue su letanía con todas las
cosas malas que han pasado últimamente en la aldea. Alfons se adormece
al compás de la voz.
"Mi hija también suele usar la izquierda para comer,
y por mucho que la corregimos siempre lo hace, ¿Cuándo sea mayor será
acusada de bruja?, y los lunares, yo también tengo, también para mí
jugaron en mi contra. Pobre muchacha, por qué no eligió vivir. Si se
hubiese mostrado arrepentida la hubiesen mandado a un monasterio y no
tendría que morir." - La mano le tiembla en el mango del hacha, aciagos
recuerdos le invaden - "Yo elegí vivir y aunque me quitaron mi granja me
dieron este trabajo, para recordarme cuál podía haber sido mi final."
Un
sudor frío le recorre la espalda, un padrenuestro suena por toda la
plaza, todos al unísono, incluso los labios de Alfons le traicionan y se mueven
solos. Se hace un silencio sepulcral, es la hora.
Los alguaciles ponen a la mujer de rodillas frente al tajo, pero ella no deja de mirar al verdugo. Alfons la mira a ella y por un momento sus miradas coinciden a pesar de la capucha. Reo y ejecutor, condenado y verdugo se miran a los ojos. Alfons no puede sostener esa mirada cargada de miedo y muda súplica y mira en derredor al patio, y entre la gente que grita demente y enfervorecida, también ve a dos viejos en medio de la multitud que lloran y entonces con una terrible certeza ve en ellos a sus padres ...
Los guardias la obligan a bajar la cabeza hasta el tajo y le sujetan las manos. Ella grita, la multitud vitorea, unos pocos lloran.
Las manos de Alfons se cierran firmemente sobre el mango del hacha y trata de levantarla. Hoy le resulta más pesada que nunca
"Yo no sé de leyes, solo se que tengo que hacer el trabajo, pero sus ojos... el llanto de sus padres... ella podría ser mi hija y ellos podríamos ser yo y mi mujer."
La mujer, arrodillada con la cabeza en el tajo puede ver como el hacha pasa por delante de su cara mientras esta se eleva lentamente.
"¿Y si se equivocan? ¿Qué leyes son estas cuando no hay vuelta atrás? ¿Acaso lo ha decidido el sacerdote que leyó la sentencia? Ese mismo que se refocila con las putas del tascón para luego dar sermones el domingo sobre lo que dice Dios sobre la castidad."
El sacedorte, deja su púlpito y se aproxima al tajo junto a los guardias y clava una mirada de piedad sobre la mujer, mientras Alfons eleva el hacha por encima de su cabeza y mira hacia la tribuna donde se encuentran los nobles.
"¿O acaso lo decidió ese señor noble que está mirando con desprecio a toda la chusma desde su tribuna de honor? Ese que no sabe nada sobre sufrimientos, ni cosechas, ni que significa trabajar de sol a sol y que encabeza guerras fraticidas sólo con el fin de poseer más. ¿Acaso son todos ellos lo bastante justos para hacer leyes para el resto?"
Los alguaciles ponen a la mujer de rodillas frente al tajo, pero ella no deja de mirar al verdugo. Alfons la mira a ella y por un momento sus miradas coinciden a pesar de la capucha. Reo y ejecutor, condenado y verdugo se miran a los ojos. Alfons no puede sostener esa mirada cargada de miedo y muda súplica y mira en derredor al patio, y entre la gente que grita demente y enfervorecida, también ve a dos viejos en medio de la multitud que lloran y entonces con una terrible certeza ve en ellos a sus padres ...
Los guardias la obligan a bajar la cabeza hasta el tajo y le sujetan las manos. Ella grita, la multitud vitorea, unos pocos lloran.
Las manos de Alfons se cierran firmemente sobre el mango del hacha y trata de levantarla. Hoy le resulta más pesada que nunca
"Yo no sé de leyes, solo se que tengo que hacer el trabajo, pero sus ojos... el llanto de sus padres... ella podría ser mi hija y ellos podríamos ser yo y mi mujer."
La mujer, arrodillada con la cabeza en el tajo puede ver como el hacha pasa por delante de su cara mientras esta se eleva lentamente.
"¿Y si se equivocan? ¿Qué leyes son estas cuando no hay vuelta atrás? ¿Acaso lo ha decidido el sacerdote que leyó la sentencia? Ese mismo que se refocila con las putas del tascón para luego dar sermones el domingo sobre lo que dice Dios sobre la castidad."
El sacedorte, deja su púlpito y se aproxima al tajo junto a los guardias y clava una mirada de piedad sobre la mujer, mientras Alfons eleva el hacha por encima de su cabeza y mira hacia la tribuna donde se encuentran los nobles.
"¿O acaso lo decidió ese señor noble que está mirando con desprecio a toda la chusma desde su tribuna de honor? Ese que no sabe nada sobre sufrimientos, ni cosechas, ni que significa trabajar de sol a sol y que encabeza guerras fraticidas sólo con el fin de poseer más. ¿Acaso son todos ellos lo bastante justos para hacer leyes para el resto?"
El noble que preside el acto mira a Alfons y asiente con la cabeza. Es la señal convenida, se hace un silencio pesado, espectante y por un momento el mundo se detiene: la imagen de Alfons el verdugo, el terrible ejecutor de leyes, testaferro de la autoridad queda congelada, hacha en ristre sobre la chica condenada por brujería. Todos lo miran extrañados.
"No es justo. No tengo por qué hacerlo. No voy a hacerlo." - y por primera vez la voz del verdugo se escuchó en el cadalso. Y se dirigió a la mujer.
- Mujer, ahora entiendo que estaba equivocado, cuando te condenaron fuiste tú la que eligió vivir. - Alfons, en silencio ahora, cerro los ojos y retorciendo el mango del hacha elevada sobre su cabeza, gritó el primer grito de libertad escuchado en mucho tiempo en una tierra de señores y vasallos- ¡AHORA YO DECIDO VIVIR!
Con toda la fuerza de sus brazos, Alfons descarga el hacha en un movimiento diagonal sobre el cuello del sacerdote cuyo cuerpo decapitado cae como un muñeco inerte sobre la multitud que grita enloquecida y aterrorizada. La expresión de desconcierto y terror todavía crispaban la cara del sacerdote cuando su cabeza por una macabra broma del destinó acierta a entrar en el canastillo preparado para recoger la cabeza de la mujer. Los guardias sorprendidos en este primer momento, al fin atinan a reaccionar y soltando a la mujer sacan sus espadas y atacan a Alfons. Poco pudo hacer ante este ataque. Alcanzado en el estómago y el pecho, atravesado por los aceros de los guardias Alfons grita y cae derrotado y moribundo junto a la mujer. Ella mira a la figura caída de su antiguo ejecutor, el odiado verdugo, mientras su sangre roja y oscura mana a rítmicos borbotones de las mortales heridas cubriendo el cadalso con un manto espeso.
La mujer acerca su mano a la cabeza de Alfons y le retira la capucha descubriendo su rostro. Ella gentilmente le sostiene la cabeza y lo mira a los ojos, reconociendo en ellos al hombre, no al verdugo. Alfons con la mirada vidriosa de la muerte instalada en sus pupilas, entre estertores dice:
- Todo ha sido en vano. Los dos decidimos vivir y al elegir, la muerte nos ha dado caza.
La mujer, entre lágrimas y sin apartar sus ojos de los de Alfons, se acerca a él y le susurra:
- Hoy lloraran padres e hijos sin entender lo que ha pasado aquí arriba, pero algún día todos romperán los grilletes que los atan a sus señores y se alzarán decidiendo vivir, y encontrando VIDA.
sábado, 8 de septiembre de 2012
Café en buena compañía.
Un sábado por la tarde, en una céntrica cafetería de Granada el bullicio quedo de multitud de conversaciones se mezcla con el aroma a café formando el típico ambiente que no te sorprendería encontrar en cualquier otra. La escena en sí no podría ser más normal, cualquier observador no vería nada raro en ella: una cafetería no demasiado ámplia con una pequeña planta alta desde la que abajo puedes observar a gente joven compartiendo conversaciones de fin de semana, a un típico parroquiano no tan joven en la barra charlando animadamente con el camarero y una pareja ensimismada y que se mantiene algo al margen del bullicio forman una de las congregaciones más típicas que podrías encontrar en cualquier bar y que hoy es parte de este en el que estás. Todo correcto para cualquiera de los que allí asisten al ritual del café de sobremesa del fin de semana, pero sin embargo el tuyo se enfría intacto en su taza delante de ti. Estás sentado en una de las sillas de la parte alta del local y tu mano derecha reposa sobre el periódico del día que doblado junto a tu taza de café por una página aleatoria habla de las noticias habituales: crisis, guerras, hambre, asesinatos, etc. Cualquier observador te vería sólo, alguien tomandose su café mientras consulta de forma ocasional el diario, nada inusual, quizás alguien que espera a otro alguien. Tú sin embargo ni esperas a nadie, ni crees encontrarte sólo.
- Curioso panorama, ¿eh? La verdad, que por cierto siempre la digo, me encanta visitar de vez en cuando sitios como este. Es conmovedor ver la inocencia con la que se desarrolla todo por aquí. ¡Oh, no!, no me malinterpretes: no quiero decir que no aprecie esa galería de horrores de orden mayor que ves en el periódico día tras día - una ligera sonrisa asoma al rostro de tu interlocutor -. Pero la guerra es sólo una consecuencia al igual que lo de las crisis económicas. Sinceramente, estoy muy sorprendido de hasta dónde puede llegar la inteligencia del ser humano cuando se la conduce adecuadamente. Seguro que te has dado cuenta de la cantidad de invenciones que hay que se podrían emplear de otra manera y sin embargo las utilizáis para putearos ¿Y sabes que es lo mejor? Que pese a saberlo de alguna manera miráis hacia otro lado. Es algo que me sorprende hasta a mi y de veras que estoy orgulloso. Pero hoy quiero dejar de lado todas esas cosas que aquí no ocurren y que están a 2 mundos de distancia, ¿verdad? Por algo estamos en el primer mundo - rie, y su risa parece provenir de una profunda caverna que hace que por una fracción de segundo la realidad del tranquilo y anodino ambiente de la cafetería tiemble superponiendose a un lugar horrible, un lugar que se encuentra bajo capas de consciencia protectora que hacen que te preguntes por qué gritas al despertar tras una noche de pesadilla -. Hoy quiero mostrarte algo más de andar por casa. Algo más de la gente de bien, la gente humilde, de gente, al fin y al cabo. Siempre te encontrarás a gente: Gente anónima, gente como tú con una vida y una historia que no es la tuya, pero con los que podrías intercambiarte sin que cambie el denominador común con los que etiquetas usualmente al resto de la humanidad más cercana, aquellos que conoces bien, conviven contigo, son de tu barrio, tus amigos, tus vecinos o incluso estos desconocidos anónimos con los que compartes este preciso momento en la historia y, casualmente, de la geografía sin detenerte a pensar demasiado en ello. Son lo que denominas "personas" o "gente" con la esperanza de que ese apelativo conlleve una serie de valores morales que hagan posible la convivencia. Os aferráis tanto a esa esperanza normalizandola, haciendola para vosotros lo común y lo habitual que es conmovedor como sois capaces de escandalizaros por lo más nímio cuando cualquiera de vuestros vecinos comete el desliz de dejar que el resto sepa. Bueno, todos tenemos nuestros pecadillos, ¿verdad? - Mientras dice esto sin dejar de mirarte, extiende un brazo haciendo un arco con el mismo y algo sutil cambia en la escena de la cafetería. Te fijas en la pareja que hay en una mesa discreta del fondo en la planta baja. Hasta hace un momento parecían una pareja de enamorados que hacía cosas de enamorados, pendientes el uno con el otro. Ahora ves como ella mira al parroquiano de la barra y parece sonreirle.
- ¡Oh! Te has fijado en la parejita, ¿verdad? Estás viendo lo que a veces piensa él. Ella no lo sabe, claro, y él sólo lo intuye, como una sensación molesta, una picazón en medio de su mente, pero ahí está esa semilla que, bien cuidada, quien sabe a donde puede llegar...
El que está en la barra parece escribir algo en un móvil. Al segundo un sonido de mensaje entrante sale del bolsillo de tu interlocutor que sonriente dice:
- El de la barra... buen personaje, todo un defensor de la moralidad y la rectitud. Su segunda mayor adicción es la condena pública de cualquier vicio y perversión sexual. La primera es la adicción privada al porno y otros juguetitos. Con cuidado y tesón puede llegar lejos. Claro que eso no lo sabe ni él.
Un grupo de chicos que se encuentra en una mesa del local estallan en carcajadas. Uno de ellos con un cubata en la mano, cuenta al resto una historia nocturna de alcohol que al parecer a todos les debe resultar bastante graciosa.
- El chaval, todo un lider como puedes ver. Por supuesto, sólo bebe cuando sale y está con sus amigos y claro sólo lo hace para divertirse y porque se siente bien. Lo mejor de todo y que él negará porque no lo sabe es que comienza a asociar las dos cosas y sus amigos están echando una buena mano con eso. En un futuro, quien sabe...
Oh, pero bueno, todo eso son pecadillos veniales sin importancia, ¿no? ¿Nunca te has preguntado en qué momento alguien traspasa la frontera y por qué? ¿En qué momento alguien se convierte en un autentico monstruo? Probablemente no, pues necesitas la tranquilidad de saber que vives en un mundo ordenado, en donde la gente con la que tratas es gente de "bien" y la gente de "bien" no hace ninguna de esas cosas. Demonios, probablemente ni siquiera hacen nada de lo que has visto aquí. Pero bueno, siempre hay una ruleta, llamala azar o destino si te gusta creer en esas cosas, que hace que un día anodino como hoy, por ejemplo, uno de esa gente de bien puede que uno que tú conozcas, aparezca en la sección de sucesos de ese maravilloso periódico que estabas leyendo. Jamás lo habrías dicho, tan bueno como parecía. Tan educado, vivía junto a ti y una vez hasta te ayudó a subir tus compras cuando se estropeó el ascensor. Si hasta estuvo en tu casa y... fijate, al final resulta que era un asesino, o un violador, o un maltratador. Qué miedo, ¿verdad? Pero claro, hoy no has visto a nadie conocido en el periodico y todo lo que ves es una cafetería donde la gente hace las cosas normales que se hacen en una cafetería. Cuando salgas de aquí, te dirás que esas cosas salen en los periodicos sí, pero no ocurren en tu barrio, ni siquiera ocurren cerca, seguramente ocurren en otro mundo que no es este pequeño mundo civilizado de gente de bien en el que vives, pues la gente de bien no hace esas cosas ¿verdad?
lunes, 2 de abril de 2012
Resignación
A veces me pongo a escribir y me salen cosas raras, y ahora que lo releo menos mal que no es demasiado largo sino deprimiría hasta a las piedras, jeje. Bueno ahí va:
Resignación
Se acabaron las sombras, se acabó el paisaje y la niebla de un camino al que sólo le queda una dirección sin vueltas, ni obstaculos, ni incertidumbre. Todo está claro ya, pues ni la esperanza nubla mi visión. Y si el monotono pasado me condujo a este instante de terrible presente solo me queda vivir en la irrealidad de un futuro en el que no contemplo más que algún pequeño logro, dejando de lado la parte de mi humanidad para la que no existe una respuesta. Resignandome a que no ser infeliz es mejor que ser desgraciado me convierto en autista. Dejo de lado el anhelo por una vida plena, dejo de lado los sentimientos que nos hacen humanos. No me pidas que sienta con intensidad, no me pidas que muestre pena, dolor, rabia, ira, amor, alegría o algo que te demuestre que aún sigo contigo, pues hoy he muerto un poco para olvidar lo que duele estar vivo.
lunes, 23 de enero de 2012
La ira de Poseidón
Hacía tiempo que no escribía en el blog y nada mejor que una historia compartida para volver a las andadas :). En este relato he contado con una colaboración muy especial, una persona cuyo apellido posiblemente veréis en tapas duras dentro de algún tiempo. Su nombre es Inmaculada Alanzor y para mi ha sido un auténtico placer escribir este pequeño relato a medias con ella: muchas gracias Inma. Espero ver completa dentro de no mucho esa novela sobre la cultura y los mitos celtas que he tenido el inmenso honor de revisar en tus borradores.
Sobre la historia que os presentamos ahora, decir que tiene su trasfondo en un personaje de la mitología griega que no tiene un papel protagonista en el mito en el que interviene. Para los avispados a los que les guste este tema, propongo el reto que traten de averiguar de quién se trata antes de llegar al final (no os resultará difícil ;)). Bueno, y sin más aquí os dejo con este relato.
Los hombres suelen vagar por la tierra ocupados en sus problemas, viviendo sus vidas y muchas veces son guiados por sus emociones más que por la razón. Hubo un tiempo en el que estos volvían su mirada al cielo implorando las bienaventuranzas y bendiciones de otros seres que situaban por encima suya, como los creadores supremos de todo y todos, pues para cada elemento y fenómeno que superaba la comprensión humana había un ser superior, un dios que lo regía. Y como tales eran vistos por los hombres: seres inmortales de gran poder aunque por encima de toda comprensión, ambición y necedad humanas. Y de ahí obtenían su poder, de los sueños y esperanzas, de los anhelos y emociones y como el pintor que pinta un lienzo acaba impregnado con los colores que utiliza, así eran verdaderamente estos dioses, no virtuosos, sino caprichosos e impregnados con los colores de algunas de las emociones más oscuras de los seres que les dieron la vida, viviendo en su imaginación y nutriéndose de su miedo y emociones. Mucho tiempo y muchas penurias costó olvidarlos, pues en cada sueño de cada uno de nosotros nos observaban y vivían. Pero estos siempre son persistentes, esperando una oportunidad para resurgir, para volver de nuevo del abismo del olvido. En mis sueños veo el mar.
El mar, azul, brillante y cálido, siempre me gustó el mar... desde aquí siento una suave brisa que me quita el pelo de la cara, subida en este acantilado la vista es impresionante. El mar rompe la luz del sol, devolviéndola en forma de pequeños diamantes. Su olor me hace sentirme mejor, puedo olvidar por un momento el por qué estoy aquí. En mi sueño siempre tengo 25 años y aunque sé que aún no los he cumplido, puedo recordar el paso de innumerables generaciones, el devenir de las gentes del pueblo en calles bulliciosas durante estaciones frías y cálidas. Recuerdo la paja y el barro de las cabañas y chozas de los pescadores de antaño y como estás fueron creciendo y evolucionando tanto como los hombres que moraban en ellas. Puedo recordar las pequeñas embarcaciones, simples tablones con remos y los barcos de pesca. Todo ha ido cambiando, transformándose, y todo puedo recordarlo. Los veo como fueron y como son, como una superposición de imágenes en una acuarela que forman un bonito cuadro. Sin embargo, todas estas imágenes, todos estos recuerdos, el estar aquí en mi sueño contemplando el mar como cada noche, me hacen recordar por qué estoy aquí. Hoy es mi 25 cumpleaños. Sé lo que vendrá después de este instante, lo he vivido tantas veces que ya no sé distinguir si es real o si es este sueño que se repite cada noche. El mar, oscuro, profundo y aterrador; veo las tranquilas olas romper en la playa y siento su hálito en mi cuello y como otras tantas veces no puedo evitar que se me erice la piel. La eterna pregunta que le repito cada noche entre sollozos: ¿por qué me haces esto? Siento unos brazos rodeando mi cintura. Miedo. "¿Por qué?" me pregunta él, su voz profunda y cálida como el mismo océano, "Sabes que no tenemos otra opción". Su voz me es extrañamente desconocida y a la vez familiar, "Debes venir conmigo". Esas palabras resuenan en mi cabeza, tiene razón, nunca podemos escapar a nuestro destino. Mis pies están al límite del precipicio, grito...
Abro los ojos. Me he sentado en la cama, la familiaridad de mi entorno hace que mi respiración se vaya sosegando. Me levanto y me asomo a la ventana, hace un día precioso, el mar luce un azul cristalino y el sol brilla con fuerza. El mismo sueño que cada noche he tenido durante los últimos 3 años ha vuelto a aparecer. Al principio siempre despertaba como acababa en mi sueño, gritando aterrorizada y llorando. El paso por las consultas de los psicólogos no dejaron más que una abultada factura y un montón de psicotrópicos sedantes sin más efecto que el cansancio y una miasma mental continua durante todo el día, pues el sueño volvía a aparecer cada noche sin variación. Tras un tiempo probé otras opciones menos científicas como curanderos e incluso un exorcista, pero sin ningún resultado. Llegué a mudarme hacia el interior para perder de vista el mar, pero en ese periodo en el que estuve lejos una melancolía y tristeza infinitas me invadieron y me sentía incapaz de continuar adelante. Finalmente, tras unos meses en los que creía que iba a perder la razón, decidí volver y tome la determinación de afrontarlo como lo que era: sólo un sueño; aterrador, apabullante, pero sólo un sueño al fin y al cabo. Y eso mitigó en parte los efectos del mismo que quedaron confinados a los momentos de la noche en que este se repite. Tengo 24 años y sólo quedan 2 días para mi próximo cumpleaños. Hace tiempo decidí que no sufriría más por la llegada de esta fecha que parece una espada de Damocles sobre mi cabeza, así que hoy, como cada mañana desde que resolví afrontar el sueño, será un día más.
Cojo la bicicleta, descubrí que el ejercicio me ayudaba a fatigarme y a poder coger el sueño por la noche. Nunca tengo una ruta fija, lo único que quiero es perderme lejos del monótono bullicio del pueblo. Donde nadie me pregunte por mis ojeras ni por mi aire melancólico. Compruebo que no se me olvida la comida y el agua, todo está listo. Hoy he salido del pueblo en dirección contraria al mar, no lo entiendo, siempre me gustó el mar pero desde que empecé a tener los sueños me da miedo… a veces siento que su profundidad me llama… borro este último pensamiento de mi cabeza y me concentro en la subida, no quiero pensar. Cuando vuelvo a la realidad rodeada de árboles, me encuentro cerca del acantilado ni siquiera recuerdo haber tomado ese desvío. Y entonces una extraña sensación aflora. Alguien me está observando, miro en todas direcciones sólo el aire parece tener vida a mi alrededor. Creo que me estoy volviendo loca, ha sido una mala idea venir hasta aquí, mi corazón late muy rápido y la sensación de que no estoy sola no desaparece... doy media vuelta y me dirijo de vuelta a la seguridad de mi hogar, ya lejos me giro y me parece ver una sombra a lo lejos. Definitivamente me estoy volviendo loca.
El mar, azul, brillante y cálido, siempre me gustó el mar... desde aquí siento una suave brisa que me quita el pelo de la cara, subida en este acantilado la vista es impresionante. El mar rompe la luz del sol, devolviéndola en forma de pequeños diamantes. Su olor me hace sentirme mejor, puedo olvidar por un momento el por qué estoy aquí. Vuelvo la vista atrás, hacia el poblado para contemplar la bonita acuarela en estos momentos previos de placentera paz y felicidad a la ordalía que acontecerá posteriormente. Algo ha cambiado en el cuadro, la gente ya no está allí, sólo quedan las casas y algunas barcas de pescadores. Todo ha adquirido un tono verdeazulado que desprende frialdad, sé que es sólo el mismo sueño de siempre, pero el cambio me preocupa y el miedo aparece antes de lo que debería. Hoy es mi 25 cumpleaños y el mar está oscuro, profundo y aterrador; las grandes olas rompen contra el acantilado, deshaciéndose con furia en espuma contra las rocas y en cada batida parecen reclamarme. El viento crece y sopla con fuerza. Sé que él vendrá ahora y que no debo volverme. Lloro, ¿por qué me haces esto? repito una y otra vez. Siento sus brazos rodeando mi cintura. "¿Por qué?" me pregunta él, su voz profunda y oscura como el mismo océano. "Sabes que no tenemos otra opción." su voz me es extrañamente desconocida y a la vez familiar "Debes venir conmigo". Una lágrima resbala por mi mejilla, y se me quiebra la voz al decir "Estoy preparada". He activado el resorte, el salto al vacío...
Despierto, hace un día precioso, el mar luce un azul cristalino y el sol brilla con fuerza. Me asomo a la ventana y miro hacia el pueblo. Tiene el mismo aspecto de un moderno pueblo de pescadores y en la calle la gente ofrece un magnífico y colorido bullicio de vida. En la ducha dejo que el agua arrastre con ella el sueño, el hecho de que mañana sea mi cumpleaños me pone más nerviosa. Pero es sólo coincidencia, me lo repito una y otra vez para intentar convencerme. Mientras desayuno enciendo las noticias, nunca les presto atención, siempre hablan de lo mismo guerras, desgracias, políticos corruptos… pero esta mañana es distinto algo llama mi atención, y pongo atención a lo que dice el reportero: ‘Leves temblores de tierra se han detectado a escasos kilómetros de la costa, provocando grandes olas. Por el momento los científicos lo enmarcan dentro de la actividad normal de descarga de una falla sísmica cercana y no creen que haya peligro…’. Me quedo helada mientras esas palabras me traen de vuelta al sueño, al mar, y al aterrador silencio de un pueblo sumergido en una tonalidad oscura y azul, sin vida, sin gente. La taza de café resbala de mi mano derramando su contenido por el suelo, con la fatalidad de una premonición sé lo que ocurrirá después. ‘Es mi culpa’, lo he dicho en voz alta pero no sé por qué, ¿mi culpa? ¿Cómo podría yo originar un tsunami? La simple idea me hace reír. Necesito salir de aquí. Cojo la bicicleta, pero esta vez no quiero acercarme al acantilado, la dirección a tomar es muy distinta, no quiero acercarme al mar, así que me adentro en el bosque. Hoy el día es perfecto para pasear, así que me encuentro con miradas curiosas de mujeres ociosas que andan como excusa para repasar la vida de sus vecinos. La mañana pasa rápida, después de comer retomo el deporte, dejo que mi intuición me guíe. La actividad ha borrado algunas de mis dudas y temores y me voy sintiendo mejor. Al caer el atardecer, voy callejeando por el pueblo sin un rumbo fijo y al cruzar por el camino que va hacia mi casa escucho el rumor de las olas romper con fuerza en la playa. El acantilado que aparece en mis sueños se encuentra cerca, pero hoy no voy a tener miedo, así que me dirijo hacia allí. Al llegar, dejo la bicicleta en el camino y me acerco. La vista es espectacular, desde aquí se puede ver el pueblo, el mar está un poco agitado, seguramente por culpa de los temblores, así que las embarcaciones no han salido a faenar. El cielo durante el día cristalino y azul, se ha ido tornando en la última hora gris y bronco. Ráfagas de viento agitan mi pelo y unos relámpagos parecen querer dividir el horizonte. Cuento 1, 2… el sonido del trueno llega raudo y junto a él una voz, la voz de mi sueño, resuena en mi cabeza ‘Te estoy esperando, pronto estaremos juntos de nuevo’. Aterrada, corro con todas mis fuerzas hacia la bicicleta, las lágrimas me impiden ver bien el camino, de nuevo vuelvo a la seguridad de mi hogar, pero ya no sé si podré olvidar esto…
El sueño, siempre el mismo sueño, pero esta vez no sé distinguir si estoy soñando. Puedo sentir la frialdad de las olas, el viento que trata de arrastrarme de mi perpetua atalaya acelerando lo inevitable. El calmo y apacible cuadro con el que comienza siempre mi sueño ha desaparecido. Detrás de mí está el pueblo y delante veo crecer una atroz muralla verde que avanza hacia mí. Perfilado como si fuese una estatua terrible y perfecta sobre agua, lo veo a él, en sus ojos profundos como los abismos del océano una mirada de deseo que me dice “Sabes lo que ocurrirá”. Grito y corro en dirección hacia el pueblo. Mientras corro, giro la cabeza y detrás de mí veo como la gigantesca muralla avanza arrasándolo todo a su paso…
Despierto gritando, llorando en el paroxismo de terror que me inunda. Durante 20 minutos sólo puedo llorar. Me levanto y trato de calmarme. Paseo inquieta, abrazándome a mí misma. “Sólo es un sueño, sólo es un sueño…”, repito una y otra vez. El reloj de mi teléfono móvil marca las 4:36 de la mañana. Hoy es el día de mi cumpleaños. Enciendo la televisión tratando de buscar una distracción a esta locura, pero parece que en todas las cadenas repiten la misma noticia ‘… los temblores de la costa han ido incrementando su intensidad y se recomienda a todos los barcos que cesen sus actividades, aunque no se cree que haya peligro para la población local…’. Durante cinco minutos miro fijamente la pantalla sin escuchar el resto de la noticia. Mi mente repasa una y otra vez la misma escena: el acantilado, la ola gigante, la gente muriendo ahogada. Sé que se equivocan, y sé cómo parar todo esto… Cojo la bicicleta pero esta vez sí tengo un destino, me dirijo hacia el acantilado. Mis pies andan firmes hacia el borde, y una brisa me quita el pelo de la cara, sé lo que va a pasar ahora… El mar, extrañamente está en calma, las olas se han ido retirando poco a poco. Miro hacia atrás hacia el pueblo dormido y ajeno a una elección, y siento unos brazos abrazándome ‘Poseidón, ¿Cuándo va a terminar todo esto?’, la risa del desconocido era como el arrullo del mar. ‘Sabes que no importa el tiempo que pase siempre vendrás a mí’. Mis pies rozan el borde del precipicio, ‘Estoy preparada’, ya está, lo he dicho, he activado el resorte… Mientras caigo un susurro en mi oído me hace sonreír “Te quiero, y te volveré a buscar, no importa en quien te reencarnes, siempre serás tú”.
Al otro lado del mundo, poco después en un hospital de Japón… ‘Enhorabuena ha sido una niña’, la madre llora al abrazar a su pequeña. Fue un parto difícil y pasó mucho miedo, pero ahora tiene a su pequeña en los brazos. Mira por la ventana hacia el mar: “Se llamará Hesíone…”
Sobre la historia que os presentamos ahora, decir que tiene su trasfondo en un personaje de la mitología griega que no tiene un papel protagonista en el mito en el que interviene. Para los avispados a los que les guste este tema, propongo el reto que traten de averiguar de quién se trata antes de llegar al final (no os resultará difícil ;)). Bueno, y sin más aquí os dejo con este relato.
Los hombres suelen vagar por la tierra ocupados en sus problemas, viviendo sus vidas y muchas veces son guiados por sus emociones más que por la razón. Hubo un tiempo en el que estos volvían su mirada al cielo implorando las bienaventuranzas y bendiciones de otros seres que situaban por encima suya, como los creadores supremos de todo y todos, pues para cada elemento y fenómeno que superaba la comprensión humana había un ser superior, un dios que lo regía. Y como tales eran vistos por los hombres: seres inmortales de gran poder aunque por encima de toda comprensión, ambición y necedad humanas. Y de ahí obtenían su poder, de los sueños y esperanzas, de los anhelos y emociones y como el pintor que pinta un lienzo acaba impregnado con los colores que utiliza, así eran verdaderamente estos dioses, no virtuosos, sino caprichosos e impregnados con los colores de algunas de las emociones más oscuras de los seres que les dieron la vida, viviendo en su imaginación y nutriéndose de su miedo y emociones. Mucho tiempo y muchas penurias costó olvidarlos, pues en cada sueño de cada uno de nosotros nos observaban y vivían. Pero estos siempre son persistentes, esperando una oportunidad para resurgir, para volver de nuevo del abismo del olvido. En mis sueños veo el mar.
El mar, azul, brillante y cálido, siempre me gustó el mar... desde aquí siento una suave brisa que me quita el pelo de la cara, subida en este acantilado la vista es impresionante. El mar rompe la luz del sol, devolviéndola en forma de pequeños diamantes. Su olor me hace sentirme mejor, puedo olvidar por un momento el por qué estoy aquí. En mi sueño siempre tengo 25 años y aunque sé que aún no los he cumplido, puedo recordar el paso de innumerables generaciones, el devenir de las gentes del pueblo en calles bulliciosas durante estaciones frías y cálidas. Recuerdo la paja y el barro de las cabañas y chozas de los pescadores de antaño y como estás fueron creciendo y evolucionando tanto como los hombres que moraban en ellas. Puedo recordar las pequeñas embarcaciones, simples tablones con remos y los barcos de pesca. Todo ha ido cambiando, transformándose, y todo puedo recordarlo. Los veo como fueron y como son, como una superposición de imágenes en una acuarela que forman un bonito cuadro. Sin embargo, todas estas imágenes, todos estos recuerdos, el estar aquí en mi sueño contemplando el mar como cada noche, me hacen recordar por qué estoy aquí. Hoy es mi 25 cumpleaños. Sé lo que vendrá después de este instante, lo he vivido tantas veces que ya no sé distinguir si es real o si es este sueño que se repite cada noche. El mar, oscuro, profundo y aterrador; veo las tranquilas olas romper en la playa y siento su hálito en mi cuello y como otras tantas veces no puedo evitar que se me erice la piel. La eterna pregunta que le repito cada noche entre sollozos: ¿por qué me haces esto? Siento unos brazos rodeando mi cintura. Miedo. "¿Por qué?" me pregunta él, su voz profunda y cálida como el mismo océano, "Sabes que no tenemos otra opción". Su voz me es extrañamente desconocida y a la vez familiar, "Debes venir conmigo". Esas palabras resuenan en mi cabeza, tiene razón, nunca podemos escapar a nuestro destino. Mis pies están al límite del precipicio, grito...
Abro los ojos. Me he sentado en la cama, la familiaridad de mi entorno hace que mi respiración se vaya sosegando. Me levanto y me asomo a la ventana, hace un día precioso, el mar luce un azul cristalino y el sol brilla con fuerza. El mismo sueño que cada noche he tenido durante los últimos 3 años ha vuelto a aparecer. Al principio siempre despertaba como acababa en mi sueño, gritando aterrorizada y llorando. El paso por las consultas de los psicólogos no dejaron más que una abultada factura y un montón de psicotrópicos sedantes sin más efecto que el cansancio y una miasma mental continua durante todo el día, pues el sueño volvía a aparecer cada noche sin variación. Tras un tiempo probé otras opciones menos científicas como curanderos e incluso un exorcista, pero sin ningún resultado. Llegué a mudarme hacia el interior para perder de vista el mar, pero en ese periodo en el que estuve lejos una melancolía y tristeza infinitas me invadieron y me sentía incapaz de continuar adelante. Finalmente, tras unos meses en los que creía que iba a perder la razón, decidí volver y tome la determinación de afrontarlo como lo que era: sólo un sueño; aterrador, apabullante, pero sólo un sueño al fin y al cabo. Y eso mitigó en parte los efectos del mismo que quedaron confinados a los momentos de la noche en que este se repite. Tengo 24 años y sólo quedan 2 días para mi próximo cumpleaños. Hace tiempo decidí que no sufriría más por la llegada de esta fecha que parece una espada de Damocles sobre mi cabeza, así que hoy, como cada mañana desde que resolví afrontar el sueño, será un día más.
Cojo la bicicleta, descubrí que el ejercicio me ayudaba a fatigarme y a poder coger el sueño por la noche. Nunca tengo una ruta fija, lo único que quiero es perderme lejos del monótono bullicio del pueblo. Donde nadie me pregunte por mis ojeras ni por mi aire melancólico. Compruebo que no se me olvida la comida y el agua, todo está listo. Hoy he salido del pueblo en dirección contraria al mar, no lo entiendo, siempre me gustó el mar pero desde que empecé a tener los sueños me da miedo… a veces siento que su profundidad me llama… borro este último pensamiento de mi cabeza y me concentro en la subida, no quiero pensar. Cuando vuelvo a la realidad rodeada de árboles, me encuentro cerca del acantilado ni siquiera recuerdo haber tomado ese desvío. Y entonces una extraña sensación aflora. Alguien me está observando, miro en todas direcciones sólo el aire parece tener vida a mi alrededor. Creo que me estoy volviendo loca, ha sido una mala idea venir hasta aquí, mi corazón late muy rápido y la sensación de que no estoy sola no desaparece... doy media vuelta y me dirijo de vuelta a la seguridad de mi hogar, ya lejos me giro y me parece ver una sombra a lo lejos. Definitivamente me estoy volviendo loca.
El mar, azul, brillante y cálido, siempre me gustó el mar... desde aquí siento una suave brisa que me quita el pelo de la cara, subida en este acantilado la vista es impresionante. El mar rompe la luz del sol, devolviéndola en forma de pequeños diamantes. Su olor me hace sentirme mejor, puedo olvidar por un momento el por qué estoy aquí. Vuelvo la vista atrás, hacia el poblado para contemplar la bonita acuarela en estos momentos previos de placentera paz y felicidad a la ordalía que acontecerá posteriormente. Algo ha cambiado en el cuadro, la gente ya no está allí, sólo quedan las casas y algunas barcas de pescadores. Todo ha adquirido un tono verdeazulado que desprende frialdad, sé que es sólo el mismo sueño de siempre, pero el cambio me preocupa y el miedo aparece antes de lo que debería. Hoy es mi 25 cumpleaños y el mar está oscuro, profundo y aterrador; las grandes olas rompen contra el acantilado, deshaciéndose con furia en espuma contra las rocas y en cada batida parecen reclamarme. El viento crece y sopla con fuerza. Sé que él vendrá ahora y que no debo volverme. Lloro, ¿por qué me haces esto? repito una y otra vez. Siento sus brazos rodeando mi cintura. "¿Por qué?" me pregunta él, su voz profunda y oscura como el mismo océano. "Sabes que no tenemos otra opción." su voz me es extrañamente desconocida y a la vez familiar "Debes venir conmigo". Una lágrima resbala por mi mejilla, y se me quiebra la voz al decir "Estoy preparada". He activado el resorte, el salto al vacío...
Despierto, hace un día precioso, el mar luce un azul cristalino y el sol brilla con fuerza. Me asomo a la ventana y miro hacia el pueblo. Tiene el mismo aspecto de un moderno pueblo de pescadores y en la calle la gente ofrece un magnífico y colorido bullicio de vida. En la ducha dejo que el agua arrastre con ella el sueño, el hecho de que mañana sea mi cumpleaños me pone más nerviosa. Pero es sólo coincidencia, me lo repito una y otra vez para intentar convencerme. Mientras desayuno enciendo las noticias, nunca les presto atención, siempre hablan de lo mismo guerras, desgracias, políticos corruptos… pero esta mañana es distinto algo llama mi atención, y pongo atención a lo que dice el reportero: ‘Leves temblores de tierra se han detectado a escasos kilómetros de la costa, provocando grandes olas. Por el momento los científicos lo enmarcan dentro de la actividad normal de descarga de una falla sísmica cercana y no creen que haya peligro…’. Me quedo helada mientras esas palabras me traen de vuelta al sueño, al mar, y al aterrador silencio de un pueblo sumergido en una tonalidad oscura y azul, sin vida, sin gente. La taza de café resbala de mi mano derramando su contenido por el suelo, con la fatalidad de una premonición sé lo que ocurrirá después. ‘Es mi culpa’, lo he dicho en voz alta pero no sé por qué, ¿mi culpa? ¿Cómo podría yo originar un tsunami? La simple idea me hace reír. Necesito salir de aquí. Cojo la bicicleta, pero esta vez no quiero acercarme al acantilado, la dirección a tomar es muy distinta, no quiero acercarme al mar, así que me adentro en el bosque. Hoy el día es perfecto para pasear, así que me encuentro con miradas curiosas de mujeres ociosas que andan como excusa para repasar la vida de sus vecinos. La mañana pasa rápida, después de comer retomo el deporte, dejo que mi intuición me guíe. La actividad ha borrado algunas de mis dudas y temores y me voy sintiendo mejor. Al caer el atardecer, voy callejeando por el pueblo sin un rumbo fijo y al cruzar por el camino que va hacia mi casa escucho el rumor de las olas romper con fuerza en la playa. El acantilado que aparece en mis sueños se encuentra cerca, pero hoy no voy a tener miedo, así que me dirijo hacia allí. Al llegar, dejo la bicicleta en el camino y me acerco. La vista es espectacular, desde aquí se puede ver el pueblo, el mar está un poco agitado, seguramente por culpa de los temblores, así que las embarcaciones no han salido a faenar. El cielo durante el día cristalino y azul, se ha ido tornando en la última hora gris y bronco. Ráfagas de viento agitan mi pelo y unos relámpagos parecen querer dividir el horizonte. Cuento 1, 2… el sonido del trueno llega raudo y junto a él una voz, la voz de mi sueño, resuena en mi cabeza ‘Te estoy esperando, pronto estaremos juntos de nuevo’. Aterrada, corro con todas mis fuerzas hacia la bicicleta, las lágrimas me impiden ver bien el camino, de nuevo vuelvo a la seguridad de mi hogar, pero ya no sé si podré olvidar esto…
El sueño, siempre el mismo sueño, pero esta vez no sé distinguir si estoy soñando. Puedo sentir la frialdad de las olas, el viento que trata de arrastrarme de mi perpetua atalaya acelerando lo inevitable. El calmo y apacible cuadro con el que comienza siempre mi sueño ha desaparecido. Detrás de mí está el pueblo y delante veo crecer una atroz muralla verde que avanza hacia mí. Perfilado como si fuese una estatua terrible y perfecta sobre agua, lo veo a él, en sus ojos profundos como los abismos del océano una mirada de deseo que me dice “Sabes lo que ocurrirá”. Grito y corro en dirección hacia el pueblo. Mientras corro, giro la cabeza y detrás de mí veo como la gigantesca muralla avanza arrasándolo todo a su paso…
Despierto gritando, llorando en el paroxismo de terror que me inunda. Durante 20 minutos sólo puedo llorar. Me levanto y trato de calmarme. Paseo inquieta, abrazándome a mí misma. “Sólo es un sueño, sólo es un sueño…”, repito una y otra vez. El reloj de mi teléfono móvil marca las 4:36 de la mañana. Hoy es el día de mi cumpleaños. Enciendo la televisión tratando de buscar una distracción a esta locura, pero parece que en todas las cadenas repiten la misma noticia ‘… los temblores de la costa han ido incrementando su intensidad y se recomienda a todos los barcos que cesen sus actividades, aunque no se cree que haya peligro para la población local…’. Durante cinco minutos miro fijamente la pantalla sin escuchar el resto de la noticia. Mi mente repasa una y otra vez la misma escena: el acantilado, la ola gigante, la gente muriendo ahogada. Sé que se equivocan, y sé cómo parar todo esto… Cojo la bicicleta pero esta vez sí tengo un destino, me dirijo hacia el acantilado. Mis pies andan firmes hacia el borde, y una brisa me quita el pelo de la cara, sé lo que va a pasar ahora… El mar, extrañamente está en calma, las olas se han ido retirando poco a poco. Miro hacia atrás hacia el pueblo dormido y ajeno a una elección, y siento unos brazos abrazándome ‘Poseidón, ¿Cuándo va a terminar todo esto?’, la risa del desconocido era como el arrullo del mar. ‘Sabes que no importa el tiempo que pase siempre vendrás a mí’. Mis pies rozan el borde del precipicio, ‘Estoy preparada’, ya está, lo he dicho, he activado el resorte… Mientras caigo un susurro en mi oído me hace sonreír “Te quiero, y te volveré a buscar, no importa en quien te reencarnes, siempre serás tú”.
Al otro lado del mundo, poco después en un hospital de Japón… ‘Enhorabuena ha sido una niña’, la madre llora al abrazar a su pequeña. Fue un parto difícil y pasó mucho miedo, pero ahora tiene a su pequeña en los brazos. Mira por la ventana hacia el mar: “Se llamará Hesíone…”
lunes, 4 de abril de 2011
Despertar.
Mi cuerpo cansado de caminar
bajo la sombra de un árbol
se detuvo a descansar
en este camino que como fiel amigo
sigue todos mis pasos.
Y bajo la sombra de aquel árbol, yo soñé;
que soñabas junto a mi, soñé;
que algo cálido me iluminaba, soñé;
y que al verte a mi lado, el sueño de un sueño soñaba.
Yo en mi sueño montañas escalaba
para acercarme al más alto cielo
en donde tú a la luna iluminabas.
Y aunque tu sueño y mi sueño a ambos nos separaba.
Yo en mi sueño, sin duda sé que por ti vivía
y sin importarme nada, en él a ti te amaba
Tú en tu sueño soñabas con un mundo diferente,
sin ver a aquel que por ti suspiraba,
sin darte cuenta de que como un demente
yo desde mi sueño, por ti clamaba.
Y en mi sueño, quise llegar hasta ti
quise que me vieras,
te quise despertar,
quise que me quisieras.
Y por un momento, allí soñé encontrarte y ser feliz:
soñé poder despertarte, para que vinieras hacia mi.
Olvidé, que soñaba contigo.
Olvidé, que los sueños sueños son.
Y ahora, una vez que tristemente he despertado,
sólo añoro yo seguir dormido para soñar que continuas a mi lado.
bajo la sombra de un árbol
se detuvo a descansar
en este camino que como fiel amigo
sigue todos mis pasos.
Y bajo la sombra de aquel árbol, yo soñé;
que soñabas junto a mi, soñé;
que algo cálido me iluminaba, soñé;
y que al verte a mi lado, el sueño de un sueño soñaba.
Yo en mi sueño montañas escalaba
para acercarme al más alto cielo
en donde tú a la luna iluminabas.
Y aunque tu sueño y mi sueño a ambos nos separaba.
Yo en mi sueño, sin duda sé que por ti vivía
y sin importarme nada, en él a ti te amaba
Tú en tu sueño soñabas con un mundo diferente,
sin ver a aquel que por ti suspiraba,
sin darte cuenta de que como un demente
yo desde mi sueño, por ti clamaba.
Y en mi sueño, quise llegar hasta ti
quise que me vieras,
te quise despertar,
quise que me quisieras.
Y por un momento, allí soñé encontrarte y ser feliz:
soñé poder despertarte, para que vinieras hacia mi.
Olvidé, que soñaba contigo.
Olvidé, que los sueños sueños son.
Y ahora, una vez que tristemente he despertado,
sólo añoro yo seguir dormido para soñar que continuas a mi lado.